domingo, 12 de octubre de 2014

Día Internacional de la Niña


Esta pequeña quiso fotografiarse conmigo hace años en la costa

(He estado sin Internet por lo que esta carta llega con algo de retraso)
Carta que escribí hace algún tiempo a una niña de color.
Delante de mí como si de repente, sin haberte engendrado, sin haber sufrido dolores de parto, me hubieses nacido, tengo tu foto entre mis manos que me tiemblan y me sobran para acunar tu cuerpo tan chiquito que más bien son pañales de recién nacida que me huelen a mimos perfumados y limpios. Al pie de la foto tres palabras que sobrevolando cielos y mares han aterrizado en el buzón de mi casa ”Tu niña negra”. La historia de esta insólita “propiedad” fue el repente misionero de alguien lleno de amor por sus hermanos, los hombres, y que en sus mejores años de joven emprendió vuelos hacia el Tercer Mundo, cuna negra que despabila sueños en eternas noches de hambre. Y allí, en un desvelo de mosquitos y sudores, a la luz de una nada, perdida en el olvido de todos, mis “Cartas a Lucrecia” arrulladas por la agobiante sinfonía de grillos y chicharras. 
No merezco tanto, pequeña, y, sin embargo, cuando supe que puntualmente, mis pobres y, a veces, torpes palabras en artículos viajaban a esa mansión de fatigas y rigores, me gratificó tanto que, aunque quisiera, no podría faltar a esa cita en la que mi nada -de eso puedes estar segura- se hace presente como si, por un milagro, mi cuerpo y mi alma pudieran desdoblarse y repartirse, y hacerse presentes allí, donde la soledad y la incomunicación, las más insufribles armas, son una palpitante realidad de cada hora de cada minuto. ¡Eres preciosa, mi pequeña niña! Te esperaba, desde aquel día que la” mamá-blanca “, poniendo a prueba todos sus valores, te arrancó de un vientre exhausto para abrir tus ojos a la vida.

No me canso de mirarte, porque no eres un sueño bonito en el que deleitarme y pasar más tarde a la página del olvido. No, tú, pequeña Isabel negra, eres de carne y hueso, a la que cuanto más miro más puedo reconocer como mía, y no porque lleves mi nombre, sino, porque, al tenerte entre mis manos, noto que me brota un manantial en los adentros que me llena de fervores como si amaneciera en un día festivo. Hace tiempo que no me siento tan joven y vieja al mismo tiempo. Tú, niña tercermundista, no puedes entenderlo, pero yo también un día, anciano ya, tuve vocación de ola que, navegando por los mares de todos los universos perdidos, pudiera llegar hasta ti y ser manos que te ayudaran a nacer, que te mostraran las primeras letras, que acariciaran tu piel de chocolate arañada por los soles implacables que te castigan con sus huellas sin respetar tu inocencia, y que darán con tu vida posiblemente, en una precoz sepultura. No  puedo soportar tales pensamientos y menos ahora que te siento parte de mí. ¿Por qué la vida, me apartaría, en aquella prehistoria de mis vírgenes deseos, de poder estar hoy entre tus besos, tus sonrisas, entre tus lágrimas...? No obstante, gracias a ti, hoy, después de tantos años, puedo proclamar mi juventud, porque a pesar de mi impotencia para evitar tus males, a pesar de aquella mi vocación frustrada, a pesar de que nada tengo para darte, la sangre me bulle en las venas y el ritmo de mi corazón palpita como en sus mejores tiempos al caer en la cuenta de que ese Tercer Mundo -¡maldita sea!- no es sólo de países perdidos en puntos negros de los mapas, sino que, aquí, en mi ciudad, en mi barrio, en mi escuela, hay muchos seres humanos que viven en un caos tan tercermundista como el tuyo, porque nosotros, los cultos, civilizados, progresistas, ”primermundistas”, olvidamos y marginamos a los niños problemáticos, olvidamos y marginamos a los jóvenes que día a día suicidan el vidrio de su mirada con el aguijonazo de la droga, olvidamos y marginamos a los minusválidos, a los homosexuales, a los gitanos, a los ancianos e incluso a aquellos que, por las razones que sean, ni tienen , ni son de nuestro mismo Dios. 
En mi cartera, querida niña, entre las fotos de mis hijos, guardo la tuya. La llevará siempre conmigo para recordarme, cuando coma, que tú pasas hambre, y cuando llegue a mi escuela cada mañana, que tú tal vez no puedas escapar de ese alto porcentaje de analfabetismo de los países subdesarrollados, para recordarme, cuando no pueda más con el trabajo, que tú, por pequeña que seas, tendrás que ser mano de obra y para recordarme, cuando me abata la enfermedad, que tú, mi niña negra, tendrás que soportar y difícilmente sobrevivir a los efectos catastróficos de las múltiples enfermedades endémicas y, en fin, para recordarme, cuando me asuste la muerte, que a ti te ronda como presa fácil que arrebatar sin rebeldías ni protestas.

Si llegas a cumplir años, quiero que alguien te cuente que me serviste -eso sí está a mi alcance- para entender mejor a la gente de mi mundo, para entenderla, respetarla y amarla. Y, como otra cosa no puedo mandarte, que esa misionera que un día, pensando en Lucrecia, pensando en mí, te puso mi nombre, te haga con este trozo de papel una pajarita que salte y se arrugue entre tus manos. Así, sólo así, percibirás, jugando, el cálido beso fuerte que te envío, posando mis labios en tu carita negra, mata de cabellos anillados.
 

sábado, 4 de octubre de 2014

Enseñar y corregir


Dos compañeros de trabajo, hombre y mujer, en una reunión de empresa, discutieron. El hombre, en el fragor del altercado, ofendió gravemente a la mujer  que, por respuesta, guardó  silencio. 
Pasado algún tiempo,  y mediante carta, con numerosas faltas de ortografía, el hombre pidió ayuda a la mujer para un asunto familiar urgente. Enterados amigos de la mujer exclamaron: ¡Es tu hora! Págale con la misma moneda. La mujer  dijo: no se trata de  “cobrar” sino de enseñar.   
Y contestó al escrito del hombre accediendo con gusto  a su petición, pero procuró  que en su texto aparecieran  bien escritas las detectadas faltas de ortografía. El hombre leyó y releyó satisfecho la carta de la mujer cayendo en la cuenta de cómo en la suya había descuidado sus ortografía. Se dijo: ¡Vaya si puse faltas! ¡Qué prudencia la de esta mujer! También en aquella ocasión fue prudente. ¡Si señor! Merece mi respeto y sobre todo merece que no vuelva a equivocarme.

Sin moraleja.

jueves, 2 de octubre de 2014

ANIMACIÓN A LA LECTURA CON NIÑOS"



TERCERA EDICIÓN 
En la lectura no existe el imperativo. De ahí que tengamos que buscar fórmulas para que estimulen a una lectura voluntaria y placentera.
                                         ………………………………..



En mis muchos intentos de buscar estrategias de cara a la lecto-escritura,  se me ocurrió una vez recurrir a historias mitológicas que escribía y leía a los alumnos de nueve a diez años. Aquellas historias  conllevaban magia y misterio por lo que a los alumnos/as  les entusiasmaban. Un día les dije: ¿Por qué no inventáis un personaje mágico, dios, diosa, héroe, etc. con poderes para lograr  que el mundo, la gente sea mejor?
 Resumiendo: me desbordó la propuesta: El hombre Cebolla, El hombre Girasol, La mujer Ortiga, etc.
Empezaron por dibujarlos y a continuación describieron sus facultades y poderíos. Realmente apasionante. Un niño, con problemas de crecimiento, dibujó y rotuló EL Dios Patas Chicas, un diosito  que no podía andar, hijo de la Diosa de las Lunas al que el Dios de los Pájaros logró que le  crecieran alas de forma que podía volar, etc. Me impactó  tanto que escribí esta obra, siendo yo la primera que viví las Aventuras del Dios Patas Chicas. La Editorial CCS le cambió el título y loeditó con ilustraciones lindas. A cada capítulo –cuento- le siguen una serie de sencillas y creativas actividades para trabajarlo.
Comienza así:
 Era una noche muy  negra de verano. La diosa de las lunas, arrastrando la fina cola de su camisón de seda,  lloraba  a orillas del mar.
-¡Qué lástima de mi hijo! -exclamaba- ¡Con esas piernas tan cortas que tiene y que no le crecen  no podrá correr y llegará tarde al colegio! ¡Y se reirán de él, y será como un enano...!  ¡Qué triste estoy!
Y de aquellos ojos, que eran como dos lunitas brillantes, caían lágrimas que se llevaban las olas. El mar estaba sereno. Parecía un bebé dormido, y las olas, como volantillos de un traje de gitana, llegaban graciosas y juguetonas a la orilla, cantando en un murmullo de espuma:
Somos las olas y nos queremos divertir,
corriendo por la arena   antes de dormir..
Somos las olas y queremos jugar
y que los niños nos salten, 
    cuando se van a bañar.

La diosa de las lunas seguía llorando y repitiendo:
-¡Pobre niño mío! ¡No podrá nadar! ¡No podrá jugar...! ¡Qué pena tan grande tengo!
De pronto del mar negro, negro y sereno comenzaron a salir burbujas que, como pompas de jabón,  flotaban por encima de las olas y explotaban en luces de colores. Una voz, que parecía un trueno, rugía  en tempestad:
-¡Diosa de las Lunaaaas...! ¡Diosa de las Lunaaas...! -gritaba la voz, etc. etc.