jueves, 11 de mayo de 2017

Mendigo de  piel negra, ¡muy negra!, disfrazado de no sé qué, a pie de semáforo, horas, muchas horas de pobreza y rigores, con la mano extendida, de coche en coche,  de ventanilla en ventanilla. “No, no…” -repetían gestos de cabeza tras herméticos cristales. Yo,  en mi cafetería habitual, arrellanada en cómodo sillón, justo frente a él, piel blanca, buen desayuno y limosna en nómina, lo observaba.
Apartándose unos pasos  de su puesto   oficial de mendigo, entró en la cafetería. Por unos instantes, expectación y silencio. Después, demasiado pronto, alguien exclamó: ¡valiente mamarracho!  No sé cómo fue pero me hicieron daño aquellas palabras. Miré, me miré, me vestí con la piel negra, muy negra, de un ser humano, nacido de útero blanco, cuya estrella  debió caer en noche, muy negra, y que, con la mano extendida suplicaba una limosna.  Y me vi huérfana de patria, casa, familia… 
Y no sé como fue pero, al sentirme negra, miré, me mire y me vi, nos vi a todos auténticos mamarrachos blancos. Demasiado blancos, tan blancos que parecíamos negros.







miércoles, 10 de mayo de 2017

Una lección grande de una "maestra" pequeñita

Hoy, compañeros y amigos os  quiero recordar una muy vieja anécdota que dio un giro total a mi vida y no solo en lo profesional, sino en mi actitud de vida ante el mundo.


Fue una mañana cualquiera  de un día de lunes cualquiera. Una pequeña de nueve años, reivindicativa se acercó a mi mesa: tú siempre llamas   a “María” para que  ponga la fecha en la pizarra –costumbre de antaño, seguramente-. Sí –le contesté-, porque es la más alta y llega hasta el borde de la pizarra. Pues yo – y aquí viene la trascendente lección-, si me subo en una silla, también llego.
Aquel día, y ya para siempre, un rotundo propósito: tener siempre a mano la “silla” desde la cual, cada alumno, cada ser humano que se cruzara en mi vida, pudiera llegar a lo más alto. 
No se nace  sabiendo, pero se aprende, se hace camino...,  viviendo.  
   

lunes, 8 de mayo de 2017

PRIMERAS COMUNIONES

DIARIO CÓRDOBA / OPINIÓN
Siguiendo en la línea de reivindicar valores, voy a referirme hoy, ya que estamos en el mes de las Primeras Comuniones, a la educación religiosa, valor controvertido que transmitimos a los hijos, expresando y justificando, en una línea o en otra, nuestras decisiones con respecto al tema. 
Yo creo que de forma inconsciente, digamos, todos somos manipuladores en la educación de nuestros hijos. Son muchas les veces que he oído palabras como éstas: mi hijo no hace la Primera Comunión, porque no quiero que lo manipulen, pero, ¿acaso esta opción no es sinónima de manejar, igualmente, los valores y sentimientos de los hijos? 
Efectivamente, tanto en un caso como en otro pensamos, decidimos e imponemos nuestros convencimientos como los más sinceros y convenientes de cara a la formación de nuestros hijos. Por supuesto, no dudo, que lo hacemos como lo mejor para ellos. No obstante, en determinadas cuestiones, ¿no sería preferible esperar a que por si mismos decidieran qué quieren? 
Se precisa un revulsivo que pasara, en primer lugar, por borrar de nuestro calendario festivo, la parafernalia en torno a las Primeras Comuniones. Años, meses de anticipación soñando con este día, y no precisamente por el gran significado que para un católico debe tener, sino en todo lo material: lugar de celebración, invitados, ropas, regalos, etcétera. ¿Somos de verdad o somos «pajaritas de papel»? Cada vez pienso más y entiendo menos, Con todo frivolizamos, transformándolo, por muy sagrado que sea, en diversión, gasto, lujo… 
Y puestos a seguir con la tradición, más que con la fe, muy importante las catequesis, clave en la preparación. Menos tiempo y menos hablar a los niños del infierno y del pecado, y más del amor al prójimo, de solidaridad, etcétera. No tiremos la casa por la ventana; seamos, sí, ejemplo de valores humanos y divinos.

* Maestra y escritora

martes, 2 de mayo de 2017

De usted y por favor

DIARIO CÓRDOBA / EDUCACIÓN
MAESTROS
Nunca podré olvidar aquella madrugada de un día de marzo del 75. Mi madre, con  asunto grave, la ingresamos por urgencias  en un hospital de nuestra ciudad. Uno de los camilleros que la transportaban, hecho de rutinas a sueldo, por decir algo, entre ruidosos bostezos, exclamó: ¡Vaya nochecita que llevamos! Y después, dirigiéndose a mi madre continuó: ¿y a ti que te pasa, agüela? Mi madre, auténtica señora, delicada, exquisita, de espíritu increíblemente joven, a pesar de su mal estado, abrió los ojos y mirándolo como si quisiera fulminarlo, contestó, dándole toda una lección de urbanidad: eso, señor, se  lo pregunta al doctor.  
Y hoy me siento especialmente sensibilizada por el tema. Resulta que en organismo público, al que me he visto obligada a ir bien temprano, una limpiadora, que fregaba, con un tono desagradable, airado...  ha exclamado al verme: ¡niña, no me pises! ¡No te digo! ¡que no miráis dónde ponéis los pies! Y siguió refunfuñando, mientras yo, comiéndome las palabras, me dirigí al tema que me había llevado allí. 
Tan sólo por la educación puede el hombre llegar a ser hombre. El hombre no es nada más que lo que la educación hace de él. I. Kant. Bueno, pues resulta que la educación, la vergüenza, la razón de ser hombre o mujer, la hemos perdido, y no me estoy refiriendo tanto a las palabras como a los gestos, a los tonos, a los modos... Hoy día, los chavales, a cualquier edad, desde la escuela, acusan ya una falta total de educación, sobre todo, con respecto a los modales y al trato que deben a los mayores: contestan a todo con arrogancia, y desafío. De usted y por favor, repito, porque “las  palabras deben ser vestidas como diosas y elevarse como pájaros" Para eso hace falta tener algo de dioses, algo de pájaros y mucho de educación. Pero sucede que los sentimientos y las costumbres que constituyen la felicidad pública, se forman en la familia.  
Y, claro, ¿qué se puede esperar de los pequeños, cuando los mayores protagonizamos la más absoluta falta de educación a lo largo y ancho de las veinticuatro horas del día? ¿Acaso no es mala educación  las pitadas que se organizan en el tráfico? ¿Acaso no es mala educación bostezar en público, desperezarse, comer a "barba regada", exigir, protestar sin razón -que con razón, ¡qué poco protestamos! -, atropellar, si podemos, los derechos del otro, criticar, fomentar el cabreo ante todo y por todo?

miércoles, 26 de abril de 2017

De Memorias de una Maestra

Dentro de poco saldrá a la luz mi nueva versión de Memorias de una Maestra, y esta ve dedicada expresamente a mi nieta Amalia, estudiante de magisterio. De ella he omitido episodios de mi vida personal y tan solo me he referido a los que de alguna manera, tenían proyección en mis tareas educativas. De forma que la nueva obra es una especie de guión de mi trayectoria por pueblos y escuelas, algo que tal vez un día le sirva de referencia, cuando  los problemas, que no faltarán, puedan hacerla presa del desánimo.


Por una pequeña ventana, cielo y un gran árbol

NUEVO DESTINO
Lo primero, de nuevo, buscar hospedaje y lo primero por mi parte, también, dirigirme a las mujeres  que el año que estuve  allí provisional  me habían dado alojamiento pero yo resultaba, para aquellas mujeres, muy envejecidas, un gran problema.  Por tanto, tuve que buscar nueva casa que logré  con la ayuda de algunos conocidos.   Llegué a la caída de la tarde. Recuerdo que aquella mujer vieja, de gesto sonriente, dura de oído, de pelo cano y ensortijado, de piel morena salteada de manchas oscuras, me recibió con un plato de natillas sobre un desteñido mantel de cuadros.
La casa era de muy humilde construcción, y todo en ella tenía un acentuado tono de pobreza, combinado con un descuidado ambiente de limpieza que me levantó el estómago, cuando, junto con el amarillento y desportillado plato de natillas, aprecié, en su proximidad, el mal olor que aquella anciana despedía. No obstante, me instalé en la pequeña habitación que me asignó. Eran casi cuatro paredes que podía tocar con la punta de mis dedos, nada más estirar los brazos desde cualquier posición.
 Me sentí tan mal que, sentada en el filo de aquella horrenda cama de madera, que olía a insecticidas fuertes, lloré y lloré tanto, me sentí tan sola y abandonada que pedí a Dios me llevara con Él –ya te he explicado que mis antecedentes y explicación a todo lo que no entiendas, lo puedes leer en mi biografía-
No llevaba muchos días en aquella casa, cuando una noche, me despertaron  grandes picores. Me tiré de la cama y corrí al espejo: era seguro que me había intoxicado: mi piel estaba, de pies a cabeza, llena de ronchas que  picaban a rabiar. Regresé a la cama y fue entonces cuando descubrí un enjambre de chinches que corrían por entre las sábanas. También mi camisón y hasta mi cabeza eran objeto de aquella repugnante miseria. Durante tres noches consecutivas, y cuando imaginaba que la vieja Ángela dormía, me bajaba con una manta y, en medio de la casa, hacía un camastro. Mi cuerpo tan débil se resintió aún más, hasta el extremo que enfermé y me tuve que ausentar unos días de clase, días que soporté en una maloliente mecedora de lona.
Las dificultades, mi querida Amalia. no van a faltarte nunca, ni a ti ni a nadie porque la vida es una escalada de situaciones problemáticas, pero no te detengas. Sigue siempre adelante, porque te lo tendré que repetir miles de veces: los niños, los alumnos se merecen y esperan lo mejor de ti. Jamás que te  acobarden y los abandones

Maestros, hoy




Hoy quiero dar respuesta a un grupo de maestros jóvenes, que me abordaron no hace mucho, tras leer “Memorias de una Maestra” con una interrogante:  ¿cómo hacer para ser un buen maestro hoy? Bastante decepcionados y desconcertados ellos por la realidad  dura y cruda que les resulta el ejercicio de su magisterio,  me confesaban haber elegido dicha carrera por vocación, pero no obstante, el desánimo los  tenía atrapados en una  casi irreversible depresión.
 Y en mi deseo de ser breve y explícita, les transcribo pinceladas de mi libro inédito “Maestros de Escuela, hoy”, en cuya introducción hago una especie de  proclama básica sobre lo que yo entiendo qué es ser maestro y cómo ejercer tan admirable profesión, ayer, hoy y mañana.
- Ser maestro de escuela es ser capaz de sostener en vilo, y sin que decaigan un ápice, las alegrías, las motivaciones, los intereses, los sueños de un niño.
- Jamás un maestro debe consentir que un alumno se aleje de su lado, aunque sólo sea por unos instantes, humillado, triste, fracasado...
- Los niños no son sumandos de una suma. Luego jamás debe colocárseles el signo del igual.
- Todos los niños tienen grandes valores. Si no son apreciables a primera vista, habrá que buscarlos;  jamás  ignorarlos.
- Cada niño tiene su propia cumbre. Ayudémosle a lograr la escalada. De lo contrario lo estaremos condenando a una caída perpetua de fracasos, cuya gradas, peldaño a peldaño, llevará grabado nuestro nombre.
- Un maestro sin amor, es un pozo sin agua. Por mucho que intente sacar de él, los alumnos quedarán sedientos.
- Un maestro no es el hombre o mujer que lo sabe todo y lo da a todos. Un maestro es el ser humano que, con humildad, sabe dar y recibir.
- Un maestro es un hombre o una mujer capaz de generar cada día ilusión, creatividad y amor.
¡Animo, compañeros! No hay tiempos buenos ni malos; sólo distintos. Olvidar patrones y confeccionar una escuela nueva cada día. He ahí el secreto.