viernes, 29 de mayo de 2015

Reflexiones pedagógicas


El alma de un maestro debe ser  transparente  para que los alumnos puedan ver se en ella sin interferencias y  debe ser universal, de forma que  tengan lugar los alumnos y los problemas de todo el mundo.

Yo creo que nadie  puede haber nacido con tan mala estrella como para no contar, nunca para nadie,  como para no formar parte real y activa en el mundo que entre todos tenemos  obliga­ción de conservar, mejorar... crear, en definitiva.

Para muchos maestros sus alumnos sólo son el trabajo diario con el que se ganan el pan. Ignoran que los alumnos no son trabajo sino inmensa responsabilidad que, de ignorarla, puede convertirse en la horca de sus días futuros.

El magisterio vivido con vocación es como un poder milagroso, y no sólo en el aula, y no sólo con los alumnos de turno, sino allí dónde se encuentre.

¡Pena que al ignorarlo, obremos tan pocos “milagros”!

Hay que seguir siempre adelante, pero si al volver la vista atrás, descubrimos que por nuestra negligencia, brotaron espinas, que puedan dañar a nuestros alumnos habrá que dar marcha atrás, arrancarlas y en su lugar sembrar rosas.

Una suave caricia, una palabra amable, un sencillo elogio...
puede ser, y será el mejor recuerdo que se lleve un alumno de su paso por las aulas






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