viernes, 23 de febrero de 2018

Día de la Educación

Celebramos, hoy un gran día, el Día de la Educación. Son ya decenas de años escribiendo sobre educación y siempre dos ingredientes se aúnan como si fuera la primera vez: ilusión y amor. Hablar del magisterio es algo tan delicado, tan importante y trascendente que siento como si mis mejores palabras no sirvieran ni tan siquiera para esbozar los sentimientos  que, desde niña, han anidado en lo más profundo de mi ser  sobre esta profesión que,  sin ejercer de maestro, me transmitió el mejor de los maestros: mi padre.
Ser maestro de escuela es gozar del privilegio de poder conducir a  los alumnos hasta el umbral de sus propias mentes donde yacen adormecidas las auroras de sus   muchas competencias. Ser maestro de escuela es respetar la individualidad y creatividad, ilusionada y expectante, de cada uno de los alumnos, olvidados de un tradicional y malsano paternalismo que engendraba individuos sumisos, impersonales, receptores de la escala de valores, implacable, patriarcal y dominadora, de sus maestros. Ser maestro de escuela es notar que, de una manera natural, sencilla y transparente, fluye del alma,  contagiosa, la felicidad, la alegría, el amor, la generosidad, la compasión...   

Y una vez más en este día mandamientos que considero  debe tener presentes un maestro.
  
A mi nieta Amalia, estudiante de magisterio y a tantos jóvenes que me piden orientación, esta especie de "mandamientos" que considero debe tener en cuenta todo maestro:

1. Un maestro no debe ir a la escuela con el propósito prioritario y único de enseñar. A flor de piel, el conocer, amar y hacer felices a tus alumnos.  

2. No olvides que tus alumnos no son cera para moldear, sino el futuro que está en tus manos para hacerlo crecer en libertad, autoestima, creatividad…

3. No pongas fin a las tareas educativa al finalizar el horario escolar. Muy al contrario, los alumnos, sus problemas, sus vidas… deben ir contigo a lo largo y ancho de los días, porque deben formar parte de ti, desde el mismo instante que entren por las puertas del aula.  

4. No te propongas imponer justicia sin escuchar. Sería manipulación pura y dura. 

5. No dejes que un alumno se aleje de tu lado triste, humillado, decepcionado. 

6. No mientas a tus alumnos. Recuerda que tú no eres un sabio sino un ser humano con grandes limitaciones. La verdad no humilla sino que engrandece.  

7. No trates de ser copiado por por tus alumnos. Procura, por el contrario, fomentar su individualidad. Su futuro no puede ser fotocopia de tu, tal vez obsoletas, creencias.

8. No dejes que tus alumnos se vayan sin que hayas pronunciado su nombre, dedicado unas palabras, mirarle a los ojos… 

9. No midas a tus alumnos con la misma vara; no son número y cada uno de ellos es único e irrepetible.

10.No hables para ser escuchado; habla siempre para ser comprendido.

11. No emprendas una tarea sin haberla motivado con anterioridad. Sería como emprender un camino a oscuras.

12. No trates de que un día sea igual a otro. La creatividad debe ser el arma que los haga únicos y especiales.

13. No niegues a ningún alumno la posibilidad de rectificar, evitando, así, desenmascararlos y humillarlos.

Y no olvides que la felicidad que tú puedas propiciarle, tal vez sea la mejor, la única que los salve de las muchas contrariedades del futuro, pero sobre todo, no intentes que sean a tu imagen y semejanza, sino que crezca en ellos las personas que son libres, autónomas, portadoras de grandes valores que descubrirás y potenciaras desde la observación y creatividad.

Mi nueva obra, RECUERDOS DE UNA MAESTRA, dedicada a mi nieta Amalia, estudiante de magisterio, a mi hija Isabel María, a mi hermana Estrella, a mi hermana Mª Jesús (q. e. p. d.), a mi sobrinos maestros, a mi nieto Gonzalo, profesor de inglés. Sin pasión de ninguna clase.

domingo, 18 de febrero de 2018

Dos mini-relatos pedagógicos

Un día, contaba a uno de mis nietos la historia de David y Goliat. Con gran atención me escuchaba sin proferir palabra, pero cuando terminé, con un brillo especial en sus ojos, exclamó: ¡a mí no me gusta que maten al gigante! ¿Por qué no lo cogieron y lo hicieron bueno?  
Reflexioné y me dije: A los niños les entristece la muerte de cualquier ser humano por cruel que pueda ser. En sus corazones no hay odios; sólo amor. Y desean un final mejor para malas historias; también yo lo buscaré, lo desearé…

Maestra, si el pez  grande se come al pez chico, el último de la fila, ¿a quién se come?   A la ligera improvisé una contestación: pues, los chicos se comerán unos a otros. ¿Y por qué los grandes no se comen también a los grandes? –contestó
Reflexioné: Los niños no saben razones de “grandes” ni de “chicos”, pero, eso sí,  saben mucho de justicia.




domingo, 11 de febrero de 2018

Una historia inolvidable



Tu dibujo, pequeño. ¡Cuánto para analizar!

C arta para empezar
Hola, querido Toni: te escribo desde muy lejos. Figúrate que casi rozo el filo del mapa por el norte. Me vine, a otras tareas pedagógicas, y sé que alguien te evaluó y te suspendió. Aquí estoy viendo muchas cosas y conociendo a mucha  gente pero me acuerdo de todos vosotros y, especialmente, de ti, pequeño mío.   Porque ya has visto, y lo sé: te han suspendido porque los mayores, los que, por autoridad, deciden estas cosas, consideran­ que tú no has llegado al nivel, exigido. Y aquí, sentada en la playa, distraída con las olas, que tú nunca has visto pero que sabes imaginar como  bocanadas de espuma que escupen las bocas gigantes de los monstruos marinos, pienso en ti, y te estoy viendo con el boletín en las manos  y los ojos llenos de lágrimas gordas que se te van escapando por debajo de las gafillas y van churreteando esa carita de melocotón que se ilumina y se hace transparente, cuando una cosa te pone contento.
No llores, querido Toni. De verdad que se me parte el corazón. Lo tuyo, por ahora, no son las lecciones, los problemas y, mucho menos, ese montón de libros que pesa tanto sobre tus débiles espaldas. Tú eres un creador . Algún día, como tanto deseas, irás a una escuela donde aprenderás lo que a ti te guste.
En mi carpeta, revueltos entre muchos papeles, tengo algunos de tus bonitos cómics. Son una preciosidad, y tengo aquel cuento que titulaste "El hombre que siempre  era de noche", aquel hombrachón negro que sólo  tenía blancas las ventani­tas de sus ojos y el estuche de sus dientes.
¿Te has fijado en el sobresaliente que te he puesto en Dibujo? Enséñaselo a todo el mundo. No te importen las demás notas. ¡Ya las mejorarás! A los creativos como tú, hay que darles su tiempo. Además, mi querido pequeño, con esas notas, y con tus po­cos años, podrías enseñar muchas cosas a los mayores: pedir la palabra en un de­bate, dónde tirar un papel, cómo cuidar nuestra ciudad... Sabes, pequeño, si te gusta o no la OTAN, lo que es la paz y la guerra... Conoces la Quinta y la Novena sinfonía de Beethoven, la Primavera de Vivaldi, el Lago de los Cisnes...
Sabes caminar respirando y descubriendo cosas que se escapan a los mayo­res: una flor, un anciano, un árbol, un olor, una música...
Eres valiente para en­cender la luz de tu dormitorio, cuando en silencio y soledad, padeces alucinacio­nes, sabes escribir una retahíla, hacer un dibujo, un avión de papel, un castillo o un caballo de cartón, juegas con la luna y le llamas tonta, porque no te pilla, cuando te echas carreras con ella, tienes ganas de reír, de jugar, de soñar. Llevas en tus pupilas ese cristal mágico desde el cual las cosas son más bonitas, tienen más calor, más amor...
No llores, querido Toni. Esas notas son tontas y  malas. Algún día, no muy lejano, acabaremos con ellas, porque sólo sirven  para dar disgustos a niños y niñas tan va­liosos como tú.
No te sientas fracasado, pequeño. Sólo fracasa el que no logra el éxito en un pro­yecto, en un trabajo que él mismo se  ha programado, pero tú, al ir al colegio, lo único que llevabas era el proyecto virgen de tus ilusiones, de tu inocencia, de tu de­seo de ser feliz.
Por eso, los fracasados somos nosotros que nos hemos equivocado contigo y hemos cometido la enorme injusticia de pagarte con una moneda falsa tus muchas capaci­dades, tu voluntad, tu singular forma de ser. Quiero que sepas, pequeño, que siento vergüenza, hasta de escribirte, porque siendo consciente de todo esto, he firmado, y con ello corroborado, tu fracaso, o al menos, tu aparente fracaso. Te doy mi palabra de luchar para que las cosas, en lo que esté de mi mano, sean de otra manera, por tu bien y el de tantos niños a los que amo.
Te mando un beso fuerte con olor a playa, con gotas de olas, con granos de arena para que hagas muchos castillos este verano que, aunque se te derrumben, mientras los construyes, vivirás con ilusión que, en definitiva, es  lo  importante para ti y para todos.
Y no te preocupes. Como tú bien dices, falta mucho para el noventa y dos - corrían los años ochenta - y cuando llegue toda esa gente, que a ti te parece que se van a comer toda la comida, ya tendrás trece años, y entenderás que hay muchas cosas que son  auténticos  problemas.
Aunque todavía seas un medio mocoso  para entenderlo, te diré algo: hay que vivir el presente, lo que tenemos hoy como si fuera el pasado que quisieras recordar y el futuro que desearías construir. Escríbelo, querido pe­queño, en tu cuaderno de "cosas bonitas", y espera que llegue el día que puedas en­tenderlo. Entonces, nadie, absolutamente nadie, te comerá el "coco" con urgencias y mentiras.
Tú, pequeño, no eres cera  para moldear  en manos de malos "alfareros" ni eres  monigote, hechura en serie, sin oídos, sin boca, sin ojos, sólo  con pies  para mal an­dar y brazos caídos sin saber qué hacer con ellos. Tú, con tus gafillas, con tu cara de melocotón, con tus arrebatos de mal humor, con tus tontos chistes, con tus  lágri­mas... eres  tú, único, irrepetible y haces bien, pero ¡que muy bien! en rebelarte. Te quiero mucho. Isabel


"Los hombres, pequeño, como los árboles, crecen en forma diferentes: torcidos o erectos, según los vientos que les han soplado  pero, mientras la savia fluya, las hojas germinen, las ramas acunen pajarillos, den sombra... no deberían objetarse las formas del hombre o del árbol"


miércoles, 7 de febrero de 2018

Palabras que hay que borrar

Desde que me recuerdo en mis más lejanos años de infancia, hay dos sueños que persigo aún sin saber tan siquiera adónde me pueden llevar ni qué trayectoria debo recorrer: ser maestra y ser escritora. Dos sueños que crecieron al unísono con mis estudios, años y posibilidades, sin que mi trayectoria se desviara un ápice de mis precoces sueños, de mis deseos.
Y con la ilusión de trabajar por unos niños felices que asistieran a las aulas por placer de aprender, de relacionarse con sus maestros, con sus compañeros, por el inmenso placer de compartir, de jugar, de trabajar en grupos, que juntos investigaran, aprendieran... La experiencia me fue enseñando cómo hacer realidad mis quimeras de niña.
Trabajé y luché por conseguirlo, aunque no todos los niños de España, ni todos los niños andaluces estaban a mi alcance, ni tan siquiera remota. Escribí obras, artículos, blogs, revistas, etc. ¿Y qué? Pues nada, que en la escuela se sigue hablando de tareas, exámenes, libros y más libros, se sigue promoviendo un rechazo absoluto de los alumnos por sus clases. Qué pena siento cuando oigo hablar de los niños, sobre todo, pequeños, y se dice que no estudian, que suspenden exámenes, que solo quieren jugar...
Yo creo, sinceramente, que nos estamos cargando la infancia, que le estamos robando sus juegos, las relaciones entre amigos, los tiempos de ocio, la vida en definitiva de niños que deben forjarse entre pequeños y diarios placeres. Muchos años con un sueño y con muchos trabajos, para que hoy sigan inamovibles conceptos tan básicos y trasnochados.

Los medios de comunicación tendrían que dedicar programas educativos de cara a padres y maestros que parecen no haberse enterado, que nada es lo que era y menos aún nuestros niños, a los que juzgamos negativamente por no ser lo que nosotros fuimos.