sábado, 25 de abril de 2015

La aventura de ser maestra 4

Así estaba aquella plaza el pasado 14 de agosto, cuando tuve el honor de ser invitada a un precioso evento cultural. Mi plaza, aquella de tres bombillas, elementales blanquitos y suelo empedrado había pasado a la historia: era, es una gran plaza.

Como dije en el capítulo primero, algo, de oído, había aprendido a tocar el armonio, por lo que una vez que la escuela estaba limpia y decorada, organicé el coro para amenizar los actos de culto que formaban parte de la rutina de los días. Cada tarde, al salir de la escuela, nos trasladábamos a la iglesia donde nos esperaba don José. ¡Cómo recuerdo aquellos ensayos y canciones que las vocecitas de mis alumnas entonaban! Una que, de vez en cuando me viene a la memoria y que repetíamos cada tarde en nuestras visitas al Santísimo, decía así: Buenas tardes Señor / te vengo a visitar / y hacerte compañía / dónde yo sé que estás, etc.
Puede resultar difícil entender el fervor que a mí, sobre todo, me provocaban, aquellas canciones que me rememoraban mis años cercanos de internado y vida religiosa. Por todo esto, una de mis primeras propuestas fue hacer una rifa de cara a sacar un dinero para comprar una imagen pequeñita de la Virgen Niña. Nos llevó algo de tiempo, pero con la colaboración de todos, lo conseguimos y, ¡qué alegría tenerla en clase presidiendo nuestras insólitas pero creativas y continuas actividades! Pronto, y siempre contando con la colaboración de nuestro querido don José, organicé, los sábados por la tarde, una procesión por toda la aldea, cantando el rosario. Aquella Virgencita, a hombros de las niñas era, para mí tan emocionante que no sé si alguna lo recordará pero, ¡qué disfrute era para pequeños y mayores, que se sumaban a la procesión, aquel sinuoso recorrido por calles empedradas que tenía como meta la iglesia cuyas campanas no cesaban de repicar en todo el recorrido!
Una vez allí, con la iglesia llena, el amonio y el coro en macha, tenía lugar el rezo del rosario que, como era lógico, protagonizaba don José. Después, la plaza era el destino. Y allí, en los cuatros bancos entrañables, horas de pipas, chistes, risas y sosegada llegada de la noche que iba acompañada del encendido de alguna bombilla y en tiempo de calor, de diademas de jazmines que me llegaban de muchos admiradores como contaré más adelante.
¡Cómo olvidar a Fuente Carreteros! Yo quería ser misionera, maestra de niños pobres, maestra de pueblos y aldeas, maestra, en una palabra y allí encontré todos los ingredientes para serlo. Tiempos pasados, sí, tiempos que encuentro en el índice de mi vida con una gran luz en verde que como faro me indica que fue muy bello, pero que ya tan solo es un recuerdo que no se repetirá y que lo importante es no dar lugar a que nos estacionemos en recuerdos y perdamos el presente que se está escribiendo en los recuerdos del mañana.
Mis queridas alumnas, mi guarida gente de Fuente Carreteros, hoy sois un precioso pueblo, con escuelas dignas, Ayuntamiento, instalaciones, fiestas… Valorad el esfuerzo, el trabajo de los que hoy por hoy construyen a este mejor presente y conoced de dónde venís para entender que, como dice el cantautor Facundo Cabral, cuando un pueblo trabaja Dios lo respeta. Pero cuando un pueblo canta, Dios lo ama
Así estaba aquella plaza el pasado 14 de agosto, cuando tuve el honor de ser invitada a un precioso evento cultural. Mi plaza, aquella de tres bombillas, elementales blanquitos y suelo empedrado había pasado a la historia: era, es una gran plaza.


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