miércoles, 15 de abril de 2015

Maravillosa diversidad

En mi larga práctica profesional siempre he tenido algo muy claro: no hay alumnos malos, sino el alumno con problemas concretos e individuales que, en cada caso, exige una atención específica de acuerdo con el propio sistema autodefensivo del alumno.
H. Benson explica con toda claridad donde radica la raíz de nuestros comportamientos, así como también las posibilidades de cambio. "A lo largo de los años -dice- en el cerebro se van formando "circuitos" y "canales" de pensamiento, es decir, vías físicas que controlan la forma en que pensamos y actuamos.
Muchas veces, estas vías o hábitos llegan a estar tan fijados que se convierten en lo que yo llamo "instalación", tal como hablamos de instalación eléctrica. Es decir, los circuitos o canales llegan a estar tan empotrados que parece casi imposible transformarlos. De hecho se convierten en parte del cerebro, en parte de nosotros mismos... La cuestión de cómo se puede cambiar un mal hábito, resolver un problema o adquirir una actitud nueva se reduce a crear un vehículo de comunicación nuevo como resultado de un tipo de circuito diferente entre hemisferios del cerebro desigualmente desarrollados".

Así pues, los seres humanos tenemos todos el privilegio de la unicidad, somos piezas, pequeñas o grandes, del gran puzzle que es el mundo, y la principal misión del educador debería estribar en atender esa maravillosa diversidad que por conflictiva que nos resulte es, no obstante, fracción que no podemos obviar y que tenemos la obligación de rescatar y "reparar", creando circuitos nuevos de comunicación que vayan en línea con la auténtica personalidad individual. 
Creo así que los alumnos no fracasan jamás; somos los educadores, en general, los que con nuestros manidos modos de entender al ser humano, fracasamos al intentar lograr un resultado total donde no hay sumandos sino una maravillosa diversidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario